Testimonio a 1980.
La familia de un niño con Síndrome de Down sufre cambios notorios, pasa a ser “diferente”, abocada a la curiosidad de quienes descubren que el niño tiene una limitación.
Algunas familias se avergüenzan por tener que asumir mayor responsabilidad, hacen rechazo de su hijo, le cobran su síndrome, lo esconden, le hacen castigo físico y moral, lo desplazan dejándolo al cuidado de instituciones no apropiadas o con personas particulares, parientes cercanos o empleadas domésticas.
En otros casos, el rechazo es inconsciente lo sobre-protegen o subestiman, haciéndolo dependiente, sin despertar su criterio y estima, su “autosuficiencia” es restringida.
Aunque el niño permanezca con su familia nuclear, no siempre tendrá acceso a educación escolar, por tanto se deben buscar alternativas, para que logre expectativas, sin pretender que se desarrolle como sus hermanos, si los tiene, le tomará más tiempo con apoyo constante y decidido.
El síndrome no tiene cura, no hay tratamiento, la única medicina es el amor y la aceptación para sus logros. Lo que aprende, lo hace MUY BIEN y jamás lo olvida.








